Pues bien, después del drama (porque aparte cuando me fui seguía lloviendo y fui a meter los pies a un gran charco) me automandé a la regadera, como después de un mal partido.
Y ahí, encogida, triste, golpeada como después del último round, vencida, lloré, lloré y lloré, aprovechando que el ruido del agua cayendo en mi espalda escondía el sonido de mi profunda tristeza e infelicidad.
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sábado, 1 de septiembre de 2007
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